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jueves, octubre 6, 2022

Los últimos días de intervención

Por Rory Stewart

en Foreing Affairs de Noviembre / diciembre de 2021

Las extravagantes sacudidas de la intervención estadounidense en Afganistán —desde un aumento de 1 billón de dólares hasta la retirada total, que culminó con el restablecimiento de un gobierno talibán 20 años después de los ataques del 11 de septiembre— deben figurar entre los episodios más surrealistas e inquietantes de la política exterior moderna.

En el corazón de la tragedia estaba la obsesión por los planes universales y los recursos extensos, lo que obstaculizó el progreso modesto pero significativo que podría haberse logrado con muchas menos tropas y a un costo menor. Sin embargo, esta incapacidad para trazar un camino intermedio entre la sobreinversión ruinosa y el abandono total dice menos sobre lo que era posible en Afganistán que sobre las fantasías de quienes intervinieron allí. 

La era de la intervención comenzó en Bosnia en 1995 y se aceleró con las misiones en Kosovo, Afganistán e Irak. Durante este período, Estados Unidos y sus aliados desarrollaron una visión de sí mismos como directores ejecutivos de cambio: tenían la estrategia y los recursos para arreglar las cosas, cobrar sus bonificaciones y salir lo antes posible. El símbolo de la era era el general estadounidense que se levantaba a las 4 de la mañana para correr ocho millas antes de enmendar el estado fallido.

Si los mismos funcionarios estadounidenses y europeos hubieran estado tratando de mejorar la vida de las personas en una ciudad pobre que explotaba carbón en el este de Kentucky o de trabajar con tribus nativas americanas en Dakota del Sur, podrían haber sido más escépticos con respecto a los planes universales para la transformación social, y puesto más atención a la historia y el trauma de las comunidades locales. Podrían haber entendido que el desorden era inevitable, el fracaso posible y la paciencia esencial. Incluso podrían haber comprendido por qué la humildad era mejor que una huella pesada y por qué escuchar era mejor que dar una conferencia.

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