abril 17, 2026

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La ilusión de la rebaja tributaria: por qué bajar impuestos a las empresas no garantiza inversión en Chile

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La propuesta del presidente José Antonio Kast de reducir el impuesto corporativo del 27% al 23% revive una vieja receta económica: bajar tributos al capital con la promesa de que la inversión aumentará, el empleo crecerá y el bienestar “derramará” hacia toda la sociedad. Sin embargo, la historia económica internacional y la evidencia macroeconómica muestran que esa promesa rara vez se cumple de manera automática, y menos en economías como la chilena.

Desde el punto de vista macroeconómico, la inversión privada no depende solo —ni principalmente— de la tasa de impuestos. Depende de expectativas de demanda, estabilidad institucional, acceso al crédito, infraestructura, innovación y certidumbre regulatoria. Cuando una empresa no invierte, generalmente no es porque pague cuatro puntos más de impuesto, sino porque no ve mercados dinámicos donde colocar su producción. Reducir impuestos en un contexto de bajo consumo interno no crea por sí solo nuevas oportunidades de negocio.

La experiencia internacional es reveladora. En Estados Unidos, las rebajas tributarias de Reagan en los años 80 y de Trump en 2017 prometieron explosiones de inversión productiva. En ambos casos, gran parte del beneficio terminó concentrado en dividendos, recompras de acciones y acumulación financiera, más que en nuevas fábricas o empleos de calidad. En el Reino Unido, las rebajas fiscales de Liz Truss en 2022 generaron inestabilidad financiera, depreciación de la libra y retroceso político inmediato. La teoría del “chorreo” —que favorecer a los de arriba termina beneficiando a todos— ha sido repetidamente cuestionada por la evidencia empírica.

En Chile, el problema es aún más delicado. La estructura económica está altamente concentrada: una fracción pequeña de grandes grupos empresariales concentra gran parte de las utilidades. Por ello, una rebaja del impuesto corporativo beneficia proporcionalmente mucho más a grandes conglomerados que a pequeñas y medianas empresas. Aunque el discurso oficial invoque a las pymes, quienes capturan el grueso del alivio tributario son los sectores de mayor capitalización.

Microeconómicamente, tampoco existe garantía de reinversión. Una empresa puede usar el ahorro tributario para ampliar operaciones, pero también para distribuir utilidades, pagar deuda o mover capitales al exterior. Sin mecanismos que condicionen el beneficio a inversión efectiva —por ejemplo, reinversión en activos productivos, innovación o contratación— la rebaja tributaria funciona como transferencia de recursos públicos al capital privado sin obligación de retorno social.

¿Quiénes ganan entonces?
Ganan principalmente: Grandes empresas con mayores utilidades imponibles. Accionistas y propietarios de capital. Sectores exportadores y financieros con alta rentabilidad acumulada.

¿Quiénes pierden?
Pierden: El Estado, al reducir recaudación fiscal. Los servicios públicos, si cae el ingreso disponible para salud, educación y vivienda. Los sectores medios y populares, que terminan absorbiendo el ajuste vía menor gasto social o mayores impuestos indirectos.

La reducción del impuesto corporativo implica además una tensión fiscal seria. Si el Estado recauda menos, debe compensar con deuda, recortes presupuestarios o alzas en otros tributos. En países desiguales como Chile, eso suele traducirse en menos inversión pública, justamente uno de los motores más eficaces para estimular crecimiento sostenido.
La paradoja es evidente: mientras se promete incentivar inversión, se debilita al mismo tiempo la capacidad estatal de financiar infraestructura, ciencia, transporte y educación, que son precisamente las bases estructurales que atraen inversión de largo plazo.

La historia económica demuestra que los países que lograron desarrollo sostenido —Corea del Sur, Alemania, Finlandia— no lo hicieron rebajando indiscriminadamente impuestos al gran capital, sino combinando disciplina fiscal, inversión pública estratégica, innovación tecnológica y políticas industriales activas.

La propuesta de Kast responde más a una convicción ideológica que a una evidencia concluyente. En Chile, donde la desigualdad sigue siendo estructural, insistir en esta receta puede profundizar la concentración económica: socializa pérdidas fiscales y privatiza ganancias tributarias.
La pregunta no es si bajar impuestos suena atractivo. La pregunta es: ¿atractivo para quién? Y la respuesta, históricamente, ha sido clara. No para la mayoría.

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