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jueves, enero 27, 2022

Monumentos Invisibles

Desconocíamos que ahí estaba el soldado desconocido. Un NN caído en combate, víctima de una guerra que no era suya. Un roto chileno, con y sin uniforme; como otros guerreros con bototos o patipelados, azuzados con consignas patrioteras, nacionalistas, fanáticas, para matar o morir en la defensa o invasión de tierras ajenas; en el aniquilamiento de enemigos imaginarios como rompiendo el espejo. Otros desconocidos. Gladiadores de todos los tiempos, con espectadores que deciden por sus vidas desde un palco alejado de la arena de combate. Carne de cañón. Víctimas anónimas de las fosas comunes, de los patios 29 de toda la historia; los desaparecidos que seguimos buscando; el pueblo -con o sin casaca- que ha muerto por un ideal patriótico o la «obediencia debida» con mayor o menor consciencia de las razones del sacrificio.

Desconocíamos que en la Plaza Baquedano estaba el soldado desconocido. Entre otras cosas porque en el lugar del homenaje no simbolizaron al NN sepultado ahí “en representación de todos quienes perdieron la vida de forma anónima en la Guerra del Pacífico”.  Los desconocidos están condenados a la indiferencia. Y lo volvieron a sepultar poniéndole encima a un general prominente, una figura que no pasó inadvertida. Baquedano, además de comandante en jefe, fue senador y llegó a ser presidente provisional. Para nada lo que se podría llamar un “soldado desconocido”. Es decir, siempre fue un error y una injusticia poner sobre el héroe/mártir anónimo al general Baquedano. A su jefe.

No era contra Baquedano la indignación que despertó a la ciudadanía en octubre del 2019. Su figura estaba naturalizada en el paisaje urbano, en la frontera que marca la segregación social capitalina. Acompañado en su entorno por Balmaceda y Manuel Rodríguez; Baquedano no concitaba la rabia de las generaciones del siglo XXI. Las protestas tampoco eran en contra del soldado desconocido que, olvidado como siempre, no llamaba la atención.

Pero el estallido llegó con memoria. En su dimensión iconoclasta cayeron monumentos de personajes que hasta entonces habían sido venerables o respetados con indiferencia. En el careo con la historia el prontuario militar de Baquedano se actualizó y se recordaron los corvos a su mando que degollaron a peruanos y bolivianos: rotos, cholos e indios; carne de cañón NN para enriquecer a la oligarquía salitrera. No había razón para respetarlo y la estatua ecuestre del general se convirtió en soporte de todo tipo de manifestaciones e intentos por bajarlo del caballo, bajarlo del pedestal. En la indignación, sabemos, la “Baquedano” fue rebautizada “Plaza de la Dignidad”. Después, la historia es ridícula. En estado de excepción el presidente se fotografía frente al monumento; se pinta y repinta la estatua. Se retira la escultura ecuestre para su restauración. Se rodea el lugar con una empalizada. Al cumplirse el segundo aniversario de la revuelta social nuevamente el lugar es el centro de las manifestaciones. Desconocíamos que ahí estaba el soldado desconocido.

Sin Baquedano en la plaza, su figura sigue estando ahí en el imaginario de las personas que pasan por el lugar. No soy partidario de la destrucción de los monumentos y repudio todo tipo de vandalismo. Lo significativo es que en esos gestos simbólico hay memoria debatible, que es mejor conocer a ignorar u olvidar o dejar –como sucede con el soldado desconocido y las víctimas NN- que sean un patrimonio sectario y no de toda la comunidad. Son importantes los símbolos. No da lo mismo cualquier decisión que influya en la construcción del imaginario «nacional» o «popular» y siempre los méritos de la monumentalidad podrán estar en disputas. 

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