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lunes, junio 27, 2022

La crónica que nunca hubiese querido escribir

Hace 47 años me encontraba en Buenos Aires, donde cumplía tareas profesionales para la Agencia Noticias Argentinas (NA). Su director, Horacio Tato, me había llamado de urgencia ese día para que me presentara al turno vespertino, pese a ser mi día franco.
No me explicó la razón. Simplemente me dijo:  «chileno, te necesitamos. Tengo un notición para que te luzcas»
Hacía apenas 5 meses que trabajaba en NA, donde debuté con un resumen de uno los últimos discursos del caudillo, Juan Domingo Perón, antes de su muerte el 1 de julio.
Ese día 30 de septiembre parecía un día tranquilo. Por lo menos, la temible Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) había hecho un paréntesis en la seguidilla de crímenes cometidos en las últimas semanas, bajo el amparo del siniestro ministro de Bienestar Social, José López Rega.
Cuando subí las escaleras de la estación Palermo del subte (metro), un canillita agitaba el vespertino Crónica y en su portada venía la noticia por la que me había convocado el director de la agencia: «Asesinado el general Prats, opositor a Pinochet»
Cómo si fuera ayer, recuerdo que me sujeté de una baranda para controlar el impacto emocional que me provocó la noticia. Junto al título, se mostraba una foto del auto destruido del general, producto de una bomba accionada a control remoto.
Mientras me dirigía a la agencia, mil imágenes se me vinieron a la mente. Las más recurrentes eran las conferencias de prensa de Prats en La Moneda, en su rol de ministro del Interior. Y también aquellas escenas del 29 de junio de 1973 cuando enfrentó, como comandante en jefe del ejército, a los amotinados del Regimiento Blindado número 2, en un prólogo del sangriento golpe militar del 11 de septiembre.
Apenas llegué a las oficinas de NA, Tato me encargó la redacción de la crónica sobre el cruel y mortal atentado contra Prats y su esposa, Sofía Cuthbert.
Las pistas sobre los posibles autores eran confusas. Se manejaban tres posibles autorías: la Dina, en connivencia con la Triple A, la CIA, o un comando de mercenarios al servicio de la dictadura de Pinochet.
Terminé la crónica y se me cruzó en la mente la visita sorpresiva que había recibido en la agencia un par de semanas antes. No recordaba el nombre del visitante, pese a que me entregó su tarjeta. Cuando llegué a mi departamento la busqué ansioso y leí el nombre impreso: Enrique Arancibia Clavel, agente del Banco Estado.
Casi al finalizar el milenio, estando ya de regreso en Chile, el diario El Mercurio -para el cual colaboraba en el Cuerpo D- me envió a cubrir el juicio oral contra Arancibia Clavel, acusado de ser uno de los conspiradores del asesinato de Prats.
En la documentación que tenía en su poder, se reveló que era el contacto de la Dina en Argentina y una de sus funciones, entre otras, era vigilar a los exiliados que vivían en la capital del país vecino.
En agosto de 2004, Arancibia Clavel fue condenado a cadena perpetua por el asesinato del general Prats y su esposa. Siete años después, estando en libertad condicional, lo asesinó un taxi boy en su departamento de Capital Federal. Así terminó la vida de uno de los agentes de la policía secreta chilena que participó en crímenes de lesa humanidad, incluyendo los de la llamada Operación Cóndor.

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