Incendios y cenizas: cuando el fuego también huele a negocio
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Por: Carlos Felipe Villa. Director Nuestro País
Los incendios que han azotado esta semana a la Octava Región del Biobío no pueden seguir leyéndose únicamente como una tragedia climática o un accidente más de la temporada estival. Las condiciones en que se produjeron —simultaneidad, focos múltiples, zonas estratégicas— obligan a abrir una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿quién gana cuando la tierra arde?
Chile ya conoce este guion. Tras el fuego, vienen la desolación, el desplazamiento de comunidades y, luego, la reconfiguración silenciosa del territorio. Lo que antes era bosque, vida rural o patrimonio natural, pasa a ser “suelo disponible”. El incendio no solo quema árboles; quema también las defensas sociales que protegen la tierra.
No es un secreto que amplias zonas del Biobío poseen tierras raras, minerales estratégicos de altísimo valor comercial en un mundo que avanza hacia la electromovilidad, la tecnología verde y la guerra económica global por recursos críticos. Tampoco es un misterio que la presión por explotar estos minerales crece año a año, muchas veces chocando con comunidades locales, normativas ambientales y resistencias territoriales.
En ese contexto, resulta legítimo —y necesario— observar con atención los intereses económicos que orbitan la región. Ha trascendido públicamente que figuras del mundo político de derecha, mantienen vínculos con proyectos mineros en la zona. No se trata de acusar sin pruebas, sino de exigir transparencia: cuando el poder político, el poder económico y un desastre ambiental coinciden en el mismo mapa, la sospecha no es paranoia, es deber cívico.
La historia reciente de Chile nos ha enseñado que los grandes despojos rara vez se anuncian con discursos; suelen llegar envueltos en emergencias, en estados de excepción, en cenizas todavía tibias. La pregunta no es solo quién prende el fuego, sino quién aparece después con escrituras, concesiones y permisos acelerados.
Por eso, frente a estos incendios, no basta con lamentar la pérdida ni con agradecer a los brigadistas. Se requiere una investigación profunda, independiente y sin blindajes políticos. Porque si el fuego fue provocado para liberar tierras de alto valor estratégico, estaríamos frente a un crimen que no solo atenta contra la naturaleza, sino contra la soberanía y la dignidad del país.
El Biobío no puede seguir siendo una zona de sacrificio, ni sus cenizas el preludio de nuevos negocios. Cuando el humo se disipa, lo que queda al descubierto no es solo la tierra quemada, sino el modelo de país que estamos dispuestos —o no— a tolerar.
Porque en Chile, demasiadas veces, el fuego no cae del cielo: se enciende donde hay intereses.