febrero 9, 2026

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Chile eligió el miedo: historia, poder y la derrota momentánea de lo común

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La historia no avanza en línea recta. Se pliega, retrocede, se repite con nuevos nombres y tecnologías. Cada cierto tiempo, los pueblos son enfrentados a una disyuntiva fundamental: profundizar la democracia o refugiarse en el orden. Chile, con un 60 % de apoyo a un gobierno de ultraderecha, ha tomado una decisión que no puede explicarse solo por coyuntura, campaña o liderazgo. Es una decisión histórica, cultural y moral.

La pregunta no es únicamente ¿por qué ganó la ultraderecha?

La pregunta más incómoda es otra: ¿por qué una mayoría social decidió abandonar —o postergar indefinidamente— la idea de un desarrollo social y comunitario?

Una elección que viene de lejos. Chile no llegó aquí por error. Llegó por acumulación.

Francisco Bilbao advirtió tempranamente que una república sin conciencia social termina convertida en un orden legal al servicio de pocos. José Manuel Infante entendió que la libertad política sin ciudadanía activa es apenas una formalidad vacía. Vicuña Mackenna vio cómo la modernización, cuando no va acompañada de justicia, se vuelve una puesta en escena para ocultar la desigualdad.

Nada de eso fue resuelto. Fue administrado. Durante décadas se enseñó que el mercado era neutral, que el éxito era mérito individual y que la solidaridad era un gesto voluntario, no una obligación ética. La pobreza dejó de ser un problema estructural y pasó a ser un fallo personal. El endeudamiento reemplazó al derecho; el consumo, al bienestar; la competencia, a la comunidad. Cuando esa lógica madura, la ultraderecha no necesita imponerse: solo recoge lo sembrado.

Nuestra historia continental confirma el patrón. Estados Unidos intervino en Venezuela para asegurar el control del petróleo bajo Pérez Jiménez; intervino en Chile cuando Allende nacionalizó el cobre; endureció el bloqueo contra Cuba hasta convertirlo en castigo ejemplar. No se trató de ideología, sino de soberanía económica. De quién decide sobre los recursos y el destino de los pueblos.

José Martí lo llamó colonización mental: pueblos que piensan con categorías ajenas terminan defendiendo intereses ajenos. Rubén Darío intuyó el avance de un imperialismo que no necesitaba ocupar territorios si dominaba conciencias. Neruda devolvió voz a los pueblos silenciados por ese orden.

Hoy el escenario es más complejo: China emerge como socio estratégico, Estados Unidos defiende su hegemonía y América del Sur vuelve a ser territorio de disputa. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿autodeterminación o subordinación?

Medios, miedo y realidades fabricadas

El siglo XXI perfeccionó el dominio. Ya no se censura: se satura. Ya no se prohíbe pensar: se vuelve innecesario. Los medios de comunicación y las redes sociales construyen realidades sociales de referencia donde el conflicto estructural desaparece y la rabia se redirige hacia enemigos funcionales: el migrante, el pobre, el joven, el que protesta.

Así, la ultraderecha no se presenta como autoritaria, sino como eficiente. No como regresiva, sino como correctiva. No como ideológica, sino como sentido común.

Adam Smith es citado para justificar la acumulación, pero olvidado cuando habló de ética y límites morales. Marx es caricaturizado para evitar discutir la concentración del poder económico. El resultado es una sociedad que teme más perder lo poco que tiene que imaginar algo distinto para todos.

Allende, Mandela y la derrota cultural

Salvador Allende no fue derrotado solo por un golpe de Estado. Fue derrotado porque su proyecto chocó con un orden mundial que no tolera la soberanía popular sobre la riqueza. Pero también porque una parte de la sociedad fue convencida de que la justicia social era una amenaza y no una promesa.

Nelson Mandela lo entendió con claridad: no hay libertad duradera sin conciencia colectiva. Sin ética común, la democracia se vacía; sin justicia, la estabilidad es apenas represión administrada.

Chile creyó haber aprendido esa lección. La votación reciente sugiere lo contrario. ¿Qué se votó realmente?

Se votó seguridad por sobre derechos. Autoridad por sobre comunidad. Castigo por sobre justicia.

Orden por sobre dignidad. Se votó, en el fondo, contra la idea de que el bienestar puede ser colectivo.

La ultraderecha no ganó prometiendo un futuro mejor, sino advirtiendo que el futuro podía ser peor. Y funcionó. Porque cuando una sociedad pierde la esperanza en lo común, cualquier promesa de orden se vuelve seductora.

En este sentido, la responsabilidad que no se quiere asumir. No fue ignorancia. No fue ingenuidad. Fue una elección.

Chile optó mayoritariamente por un proyecto que reduce lo social, criminaliza el conflicto y normaliza la desigualdad. Lo hizo convencido de que el orden valía más que la justicia y la tranquilidad individual más que el destino colectivo. Eso no es solo un error político. Es una derrota ética.

La ultraderecha no triunfa cuando grita más fuerte, sino cuando logra que una sociedad acepte como razonable lo que antes consideraba inaceptable. Cuando el sufrimiento ajeno se vuelve daño colateral. Cuando la solidaridad se percibe como amenaza.

Que no se diga mañana que nadie avisó. Los derechos que se entregan por miedo no regresan por arrepentimiento. Las democracias que se vacían desde dentro no se reconstruyen con nostalgia. Y las generaciones que renuncian a pensar su futuro terminan defendiendo un presente que no eligieron, pero sí validaron.

La historia no juzga solo a los gobiernos. Juzga a los pueblos cuando deciden dejar de serlo. Y esta vez, la excusa del desconocimiento ya no existe.

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