A 53 años: la memoria que el Estado no puede esquivar
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Este año se cumplen 53 años de la muerte de Jorge Pacheco, Dennio Álvarez y Ernesto Mardones, jóvenes detenidos por funcionarios de Carabineros e Investigaciones de Chile y, según las investigaciones judiciales, ejecutados por agentes del Estado. No es solo una fecha. Es una herida que sigue hablando, incluso cuando algunos insisten en el silencio.
Eran jóvenes. No símbolos, no consignas, no estadísticas. Jóvenes con nombre y apellido, con familias, con futuros que nunca llegaron. Su muerte no fue un exceso aislado ni un error administrativo: fue parte de una práctica sistemática donde el Estado, que debía proteger la vida, decidió quitarla.
Recordarlos no es un gesto ideológico. Es un acto democrático.
Durante años se intentó instalar la idea de que estos crímenes pertenecen a un pasado cerrado, incómodo, del que convendría no hablar para “no dividir”. Pero no hay unidad posible sobre la negación, ni reconciliación verdadera sin verdad. Un país no se fragmenta cuando recuerda; se fragmenta cuando normaliza el olvido.
La muerte de Jorge Pacheco, Dennio Álvarez y Ernesto Mardones interpela al Estado chileno, ayer y hoy. Porque cuando agentes públicos ejecutan a jóvenes bajo custodia, no falla solo una institución: falla el pacto básico de la sociedad. Falla la idea misma de que la ley protege a todos por igual.
Han pasado 53 años, y aún persiste una pregunta incómoda: ¿qué aprendimos realmente? Aprendimos procedimientos, discursos, conmemoraciones. Pero todavía cuesta asumir que la violencia estatal no comienza ni termina en dictadura, y que la defensa irrestricta de los derechos humanos no es patrimonio de un sector político, sino una obligación ética transversal. Por eso esta memoria no es solo para el pasado. Es una advertencia para el presente.
Cuando se relativizan las ejecuciones, cuando se justifica el uso desmedido de la fuerza, cuando se pide “mano dura” sin límites, se vuelve a abrir la puerta que estas muertes nos enseñaron a cerrar. La historia no se repite igual, pero rima con crudeza cuando se la ignora.
A 53 años, Jorge Pacheco, Dennio Álvarez y Ernesto Mardones no piden venganza, piden verdad, justicia y piden que el Estado nunca más sea verdugo.
Recordarlos es afirmar algo simple y profundo: ninguna democracia se construye sobre la muerte impune de sus jóvenes. Y mientras sus nombres sigan siendo pronunciados, mientras la memoria siga incomodando, este país todavía tendrá una oportunidad de no traicionarse a sí mismo.