El anticomunismo como excusa para votar contra uno mismo
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Por C. Felipe Villa. Periodista
A quienes votaron desde el centro y la centro derecha, no desde el odio sino desde la duda, desde el cansancio, desde el deseo legítimo de orden y tranquilidad: esta columna no es un reproche. Es una pregunta.
Chile no eligió a la ultraderecha por amor a su programa. La eligió “por miedo”. Miedo antiguo, heredado, transmitido como un susurro familiar desde 1973: “cuidado con el comunismo”.
Pero hoy conviene decirlo con claridad, sin gritos y sin consignas: “no fue el comunismo lo que estaba en la papeleta”.
Lo que estaba ahí era otra cosa. Un proyecto que propone recortar seis mil de millones de dólares del presupuesto público sin decir dónde. Que habla de revisar derechos laborales cuando el trabajo ya no alcanza. Que insinúa bajar jubilaciones cuando envejecer en Chile ya es una condena. Que elimina apoyos a los más pobres en nombre de la eficiencia. Y que relativiza los crímenes de la dictadura, abriendo la puerta a **indultos a violadores y responsables de violaciones a los derechos humanos.
Nada de eso es orden. Nada de eso es prudencia. Nada de eso es centro.
El anticomunismo en Chile dejó hace tiempo de hablar del comunismo real. Hoy es una palabra-refugio, una palabra-alarma. Se pronuncia y todo queda permitido. Se permite el recorte. Se permite el abandono. Se permite que la desigualdad vuelva a llamarse destino. Se permite que la memoria estorbe.
Y aquí está la verdad incómoda: ese miedo no protege a la clase media; la deja sola. Porque cuando el Estado se achica, no se achica para los grandes. Se achica para el pequeño empresario, para el profesional endeudado, para la mujer que cuida, para el adulto mayor que espera una pensión que nunca alcanza.
Chile ya caminó este camino. Lo conocemos. Prometía orden y terminó en silencio. Prometía estabilidad y terminó en abuso. Prometía salvar a la patria y terminó quebrando su alma. Decir esto no es ser de izquierda. Es no querer repetir la historia. Hoy el miedo vuelve a pedirnos confianza.
Vuelve a decirnos que recortar es responsable, que olvidar es prudente, aunque perdonar sin justicia es madurez. Pero el miedo miente. Nunca construyó un país más justo. Nunca protegió a los que trabajan. Nunca cuidó a la clase media. Nunca respetó la dignidad humana. El miedo siempre cobra después. Cobra en derechos perdidos. Cobra en silencio impuesto. Cobra cuando ya es tarde. Chile puede disentir, pero no puede volver a entregar su futuro al fantasma del pasado.
Porque cuando un país vota desde el miedo, no elige orden: elige renunciar a sí mismo.