Los errores que pavimentaron el camino hacia la ultraderecha en Chile
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Por: C. Felipe Villa
Chile llegó hasta aquí no por un arrebato de última hora, ni por un repentino deseo colectivo de mano dura. El ascenso de la ultraderecha es consecuencia directa de décadas de decisiones políticas que, desde distintos sectores, se fueron alejando del sentir popular. La Concertación primero y los gobiernos de Chile Vamos después, compartieron pecados comunes: comodidad en el poder, desconexión social, y una narrativa de éxito que no logró esconder las grietas del modelo.
Tras el plebiscito del 88, la Concertación heredó un país fragmentado, y su principal acierto —la recuperación democrática— no puede negar su principal error: administrar el modelo económico heredado como si fuera un dogma incuestionable. Durante años se celebró el “milagro chileno” mientras millones de familias sobrevivían con sueldos precarios, endeudamiento y una desigualdad que se volvió estructural. La política dejó de transformar para dedicarse a gestionar. La ciudadanía pasó de ser protagonista de la transición a mera espectadora de acuerdos de élite. Los casos PENTA, Caval, SQM, las colusiones y la captura del Estado por intereses empresariales reforzaron la idea de que la democracia tenía dueños.
La crisis del 2011, con los estudiantes denunciando el abuso en el sistema educativo, ya advertía el agotamiento del pacto político. Pero las respuestas siguieron siendo tibias, atrapadas en el cálculo electoral y el temor a tensionar al poder económico. Se confundió estabilidad con inmovilidad.
Chile Vamos, cuando tomó el mando, prometió “tiempos mejores”, pero terminó profundizando la insatisfacción ciudadana. La seguridad pública se descontroló mientras se intentaba responsabilizar siempre al adversario político. El estallido social de 2019 dejó al descubierto el fracaso histórico de ambos bloques: se exigía dignidad, y la política respondía con tecnocracia. La violencia, la represión y la incapacidad de leer el momento terminaron erosionando la confianza en todas las instituciones.
La extrema derecha supo capitalizar ese vacío. Ofreció respuestas simples a problemas complejos: seguridad inmediata, orden sin matices, identidad nacional frente a la globalización, enemigos claros sobre los cuales descargar la frustración. Su narrativa no nace de la nada: se alimenta del cansancio con un sistema que prometió igualdad de oportunidades y entregó desigualdad de resultados.
Hoy, muchos votan por la ultraderecha no porque adhieran ideológicamente a ella, sino porque creen que “nada puede ser peor”; y ese es el fracaso más profundo del período postdictadura. La democracia no supo renovarse ni protegerse a sí misma. Dejó de ser esperanza para volverse trámite.
Si la ultraderecha conquista La Moneda, será responsabilidad compartida: de quienes silenciaron a la calle cuando gritaba abusos, de quienes confundieron crecimiento con progreso, de quienes gobernaron para la estadística y no para la vida cotidiana. Pero también será un llamado urgente a corregir el rumbo: la democracia se sostiene cuando escucha, transforma y protege. Cuando se olvida de eso, otros —más autoritarios, más simples, más peligrosos— se apresuran a ocupar su lugar.