Desarrollo con diálogo: la deuda pendiente de la política chilena
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Hay discursos que buscan convencer. Otros intentan ordenar el poder. Y existen algunos que, aun revestidos de cifras, terminan revelando silencios más profundos que sus propios anuncios.
La reciente Cuenta Pública del Presidente José Antonio Kast dejó precisamente esa sensación: un país descrito desde la velocidad de la inversión, desde la lógica de los permisos destrabados y desde la eficiencia administrativa, pero escasamente narrado desde las personas que habitan ese desarrollo.
Se habló de miles de millones de dólares, de proyectos acelerados, de reducción de plazos y de certezas para el mercado. Sin embargo, en medio de esa arquitectura técnica y económica, faltó algo esencial para cualquier democracia moderna: diálogo.
Porque el desarrollo no puede medirse únicamente por la rapidez con que avanzan las inversiones. También debe evaluarse por la capacidad de un país de construir acuerdos, disminuir tensiones y fortalecer confianzas sociales.
Y allí aparece una de las grandes deudas de la política chilena contemporánea: la incapacidad de comprender que crecimiento y cohesión social no son conceptos opuestos, sino complementarios.
La Cuenta Pública mostró un gobierno decidido a reivindicar el orden, la autoridad y la desregulación como motores centrales de su proyecto político. Pero gobernar un país fragmentado exige algo más complejo que administrar cifras o acelerar trámites. Exige conducción humana, capacidad de escucha y voluntad real de encuentro.
Cuando un discurso presidencial pone el foco casi exclusivamente en la inversión privada, mientras las preocupaciones sociales aparecen relegadas a un segundo plano, se instala inevitablemente una sensación de distancia entre el poder y la ciudadanía.
No basta con anunciar puertos, minas o desaladoras si las personas continúan sintiendo incertidumbre respecto de su salud, sus pensiones, la educación de sus hijos o la estabilidad de sus barrios.
Porque las naciones no se sostienen únicamente sobre cemento, cobre o balances económicos. También se sostienen sobre vínculos de confianza.
Y esa confianza no se construye desde el enfrentamiento permanente ni desde categorías que dividen entre ciudadanos aceptables y ciudadanos sospechosos.
La idea de avanzar hacia registros de exclusión asociados a conductas o conflictos sociales proyecta una señal inquietante en un país que necesita precisamente lo contrario: reconstruir espacios comunes.
En tiempos de polarización, el liderazgo no consiste en endurecer el lenguaje para satisfacer a los convencidos. Consiste en generar condiciones para que sectores distintos puedan reconocerse dentro de un mismo proyecto nacional.
La política chilena parece haber olvidado esa dimensión.
Durante años el país ha quedado atrapado entre dos extremos igualmente estériles: quienes creen que el crecimiento económico resolverá automáticamente todas las fracturas sociales y quienes suponen que basta con denunciar desigualdades sin construir gobernabilidad.
Pero ningún país avanza de verdad si transforma cada diferencia en una batalla cultural permanente.
El verdadero liderazgo aparece cuando se logra conducir tensiones sin destruir puentes.
Y quizás ese fue el principal vacío de esta Cuenta Pública: faltó una narrativa de comunidad. Faltó la idea de un Chile capaz de crecer sin fracturarse internamente. Faltó la convicción de que el desarrollo también implica fortalecer el tejido humano que mantiene unido a un país.
Porque el progreso no solo necesita inversión. Necesita confianza mutua. Necesita instituciones creíbles. Necesita ciudadanos que sientan que el Estado no pertenece únicamente a quienes tienen poder económico o influencia política.
Hay pueblos que sobreviven largos periodos esperando señales de reconocimiento, esperando que alguien les diga que también forman parte del futuro que se promete desde los grandes salones del poder.
Y cuando esa espera se prolonga demasiado, la distancia entre el país oficial y el país real comienza lentamente a ensancharse.
Chile no necesita menos crecimiento. Necesita un crecimiento que dialogue con su propia sociedad.
No necesita menos autoridad. Necesita una autoridad capaz de escuchar antes de imponer.
No necesita menos Estado ni más mercado como consignas vacías. Necesita liderazgo político con capacidad de convocar, resolver conflictos y construir propósito común.
Porque al final, las sociedades no se derrumban únicamente por las crisis económicas. También se desgastan cuando dejan de sentirse parte de un proyecto compartido.
Y esa sigue siendo, hasta hoy, la gran deuda pendiente de la política chilena.